Cuba: Fácil de llegar, difícil de partir

Un país suspendido en los años 50 donde las agujas del reloj se detuvieron y sólo continuaron los incesantes sones de la salsa y el mambo.

La Cuba de los turistas, de hoteles cinco estrellas, rodeados de playas de arenas blancas y un mar con todas las tonalidades de azules, convive en armonía con la Cuba de los cubanos. 

Colorida en sus fachadas descascaradas, con ritmos caribeños sonando en cada esquina, y  autos, que parecen la colección de Hot Wheels de cualquier niño. 

Hombres y mujeres que sacan las sillas a las calles para soportar el calor y pasar el tiempo jugando al domino, con un vaso del mejor ron que uno pueda probar en la vida, que para ellos, se toma solo pero siempre en compañía.

Cuba es su gente, cálida, servicial, sonriente a pesar de sus realidades. Bien dispuestos, en todo momento, a entablar una buena charla y hacerte sentir que sos parte.

Una  gran familia en donde todos se conocen, esa es la impresión. 

Los une una historia dolorosa, tan difícil de comprender en varias de sus aristas, pero de la cual se sienten orgullosos. Un pasado en común y un presente que los obliga a luchar el día a día.

Un país que nos invita a jugar a su ritmo.

Fuera de los complejos hoteleros, la carencia del wifi, nos incita a seguir el paso que la isla quiere, y nos induce a disfrutar de los murmullos de su fauna, los colores estridentes, los atardeceres pausados, los olores  penetrantes y los sabores de la naturaleza que la rodea.

Recorrerla es un festival para todos los amantes de la fotografía.

Campos de cañas de azúcar arados con bueyes, hombres y mujeres, a la vera del camino haciendo “botella”, que es nuestro equivalente a “hacer dedo”, niños saliendo del colegio con sus uniformes impecables, monumentos a los padres de la revolución, en las plazas de cada pueblo, hombres disfrutando un puro a la sombra de algún árbol, y las más lindas sonrisas, que esperan a los turistas con los brazos y el corazón abiertos.

Los días son largos, porque al anochecer, el cielo del Caribe nos recibe con más baile y mojitos…

Y uno se deja llevar con la intención de disfrutar la vida, sin pensar más allá del momento. 

Terminamos el viaje con la certeza que el presente no siempre es maravilloso, pero que vale la pena vivirlo intensamente, y que todo lo que nos rodea, mar, cielo y tierra, son un pedazo de paraíso colocados por una mano divina en esta isla.

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