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El “Alerce Abuelo” y “La trochita”: Dos imprescindibles en Esquel

El “Alerce Abuelo” y “La trochita”: Dos imprescindibles en Esquel

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Los dos de los íconos más representativos de Esquel son puntos panorámicos que nos permiten apreciar el paisaje patagónico con toda su hermosura y diversidad.

El “Alerce Abuelo” es un ejemplar que cuenta con 57 metros y 2,8 metros de diámetro en el tronco. Tienen una presencia de más de 2600 años, una de las maravillas naturales más longevas del continente, resguardada como patrimonio natural de la UNESCO.

Apenas 42 kilómetros hay entre el centro de Esquel y el Parque Nacional Los Alerces, un paraíso natural de 260 mil hectáreas ubicado en el extremo noroeste de la provincia de Chubut. El viaje incluye una excursión en barco de más de 40 minutos por el Lago Menéndez, en el que el silencio se entremezcla, como en una cuidada ópera de la naturaleza, con la brisa fresca y pura de la Patagonia y la singular fauna que se suma a una trama sonora que le sirve de nube mágica a la lluvia de curiosidad del visitante.

En este mismo ecosistema, con los alerces conviven coihues, cipreses, radales, maitenes, ñires y lengas. También aves autóctonas como el chucao, el carpintero negro patagónico, el cóndor, el pato de los torrentes, el aguilucho y el zorzal patagónico; y también algunos mamíferos como el puma, el gato huiña, el monito del monte y el huillín.

 “La Trochita” es  una línea férrea que supo conectar pueblos de antaño como único transporte productivo y de conectividad de las familias; y que actualmente danza entre las montañas para mostrarle al turismo, desde adentro, el majestuoso paisaje patagónico.

Tres veces a la semana en invierno y de lunes a sábado en verano, el Viejo Expreso Patagónico “La Trochita” recorre regularmente un trayecto que parte de Esquel y descansa en Nahuel Pan, antes de emprender la vuelta. Se trata de un paseo de tres horas en un tren a vapor de casi cien años, que entretiene y emociona a los turistas de todas las edades y procedencias.

Cada viaje se inicia con el fuego en la caldera, el sonido del silbato, un temblor de avance y el hipnótico traqueteo ferroviario que parece suspendido en el tiempo. El envolvente paisaje de Esquel durante 50 minutos muta en la amplia estepa de Nahuel Pan, a lo largo de 18 kilómetros. Al llegar a Nahuel Pan, la locomotora se desengancha para cambiarse de lado, de modo tal que los primeros vagones quedan a lo último.

Adentro, La Trochita, refugia el pasado. Los chicos curiosos se sorprenden con los asientos, con las ventanas, admiran de cerca al maquinista y si tienen la posibilidad, lo invaden de preguntas. Que cómo funciona este tren, de cuándo es, por qué despide ese humo, por qué es tan antiguo, son algunas de las cuestiones que se repiten.

Una guía especializada narra la historia del ferrocarril en la Patagonia y responde consultas de los pasajeros. Un cantautor recorre los vagones cual juglar con sus interpretaciones y un fotógrafo registra los inolvidables momentos del viaje y ofrece sus servicios a los viajantes.

En Nahuel Pan, se hace un alto en el paseo para que en poco menos de una hora, los pasajeros puedan conocer este pequeño paraje Mapuche Tehuelche, visitar el Museo de Culturas Originarias Patagónicas, la casa de las Artesanas y la Feria Tokom topayiñ. Acto seguido, la vuelta; la hora que completa el viaje. El recorrido a la inversa y la estepa que se vuelve ciudad.

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