Seguir el rastro creativo de Antoni Gaudí es una excusa perfecta para descubrir el norte de España desde una mirada distinta, donde la arquitectura se mezcla con historia, gastronomía y paisajes que invitan a viajar sin apuro. El recorrido comienza en Astorga, una ciudad de espíritu medieval que sorprende con el imponente Palacio Episcopal, una obra neogótica de finales del siglo XIX construida en granito del Bierzo, con aires de castillo y detalles modernistas que revelan la genialidad de Gaudí en capiteles, vidrieras y espacios interiores.
A pocos pasos, la Catedral de Santa María y las calles empedradas con restos de murallas romanas completan una postal histórica que se disfruta caminando, entre plazas, museos y una tradición viva que cada verano revive su pasado romano. La experiencia se vuelve aún más tentadora cuando llega el momento de sentarse a la mesa y probar el cocido maragato o los dulces típicos, con el chocolate como emblema local y una visita al Museo del Chocolate que suma sabor y curiosidad al paseo.

A solo cuarenta kilómetros, León amplía el viaje con otra obra clave del arquitecto catalán: el Museo Casa Botines, un edificio singular que combina formas góticas y modernistas y que hoy alberga una valiosa colección de arte español de los siglos XIX y XX. La ciudad invita a perderse entre monumentos como la Catedral, el Palacio de los Guzmanes o el antiguo convento de San Marcos, reconvertido en parador, y a equilibrar la agenda cultural con la vida social de la Plaza Mayor y el animado barrio del Húmedo, donde las tapas y productos locales como la cecina o el botillo convierten cada parada en un pequeño festejo gastronómico.

El viaje continúa hacia el mar hasta llegar a Comillas, una villa señorial de Cantabria donde Gaudí dejó su primera casa particular: El Capricho, una construcción colorida y luminosa que dialoga con la naturaleza a través de formas inspiradas en girasoles, música y luz. Hoy es un espacio vivo, abierto todo el año, que combina visitas culturales con conciertos y actividades, y que se integra a un entorno donde conviven palacios, universidad, cementerio modernista y un casco histórico lleno de restaurantes y tiendas.
Entre playas, montaña y puerto, el recorrido se cierra con sabores del norte, como las rabas, y con la sensación de haber transitado un destino completo, donde arte, historia y placer se unen en una propuesta tan cultural como irresistible para cualquier viajero.