Rodeada de imponentes volcanes y construida en sillar blanco, Arequipa seduce con un ritmo propio que invita a recorrerla sin apuros. Su identidad se descubre entre casonas coloniales convertidas en hoteles boutique, una gastronomía con raíces profundas y una atmósfera auténtica que la posiciona como una de las ciudades más bellas y cautivantes del Perú.
Al poner un pie en Arequipa, queda claro que Perú guarda una ciudad que, aunque suele llamarse “la segunda”, se mueve con jerarquía propia. Lejos del ritmo vertiginoso de Lima, aquí todo sucede con mayor calma, en un centro histórico construido en sillar blanco, distinguido como Patrimonio Mundial por la Unesco y reconocido además como Ciudad Creativa de la Gastronomía, un reconocimiento que habla de identidad y tradición viva.

Ubicada a 2.300 metros sobre el nivel del mar y custodiada por los volcanes Misti, Chachani y Pichu Pichu, Arequipa se presenta como un oasis urbano para quienes ya recorrieron los clásicos del país. No se trata de sumar atracciones a una lista, sino de elegir con criterio: el lugar exacto para ver cómo la ciudad se tiñe de dorado al atardecer, la picantería donde se cocina como marca la costumbre local o ese hotel boutique instalado entre antiguos muros conventuales del siglo XVI que convierte la estadía en parte de la experiencia.
Conocida como la Ciudad Blanca, debe su sobrenombre no a un rasgo etéreo ni simbólico, sino al sillar: una piedra volcánica clara que da forma a iglesias, palacios y antiguas casonas del casco histórico. Este entramado de patios, arcos y fachadas finamente trabajadas fue definido por la Unesco como un “ejemplo de arquitectura ornamentada”, distinción que le valió su declaración como Patrimonio Mundial en el año 2000.

El recorrido suele comenzar, de manera natural, en la Plaza de Armas, presidida por la catedral y enmarcada por elegantes soportales de piedra. Desde allí, una de las experiencias más buscadas es subir a una terraza con vista directa a las torres y brindar con un pisco sour. La mejor versión del plan llega al caer la tarde, cuando las cúpulas se encienden y el perfil de los volcanes aparece recortado en el horizonte. Para quienes prefieren un ambiente más tranquilo, existen alternativas menos concurridas, como hoteles con rooftop propio o bares destacados entre las azoteas de la ciudad, entre ellos Sunset Rooftop Bar y el animado Puku Puku Arequipa.

Muy cerca del corazón de la ciudad, a apenas un par de cuadras de la Plaza de Armas, se abre el monasterio de Santa Catalina, uno de los conjuntos más singulares de América Latina. Este enorme recinto, que ocupa más de 20.000 metros cuadrados, funciona como una verdadera ciudad interna, con calles de piedra, patios, fuentes y construcciones pintadas en intensos tonos rojos y azules; recorrerlo, idealmente con guía, permite conocer la vida cotidiana de las monjas y sumergirse en un clima de calma y recogimiento.

Más allá del centro histórico, el lugar invita a seguir caminando hasta San Lázaro, su barrio más antiguo, donde las casas bajas y las pequeñas plazas conservan un aire casi rural. Desde allí, un breve trayecto en taxi conduce al mirador de Yanahuara, famoso por sus arcos de sillar y por ofrecer una de las vistas más claras del volcán Misti. En el camino, una parada recomendada es Mundo Alpaca, un espacio que combina museo, taller y tienda, donde se descubre el proceso de la fibra de alpaca y es difícil irse con las manos vacías.
En el mapa gastronómico del país, ocupa un lugar cada vez más protagónico. Mientras Perú consolida su prestigio como potencia culinaria de la región y sus grandes restaurantes brillan a nivel internacional, la escena arequipeña emerge con identidad propia y reconocimiento global, al punto de ser señalada por Food & Wine como una de las ciudades con mayor proyección gastronómica del mundo, llevando la revolución de la cocina peruana más allá de Lima.

Parte del encanto que el destino ofrece, es la posibilidad de alojarse en construcciones cargadas de siglos de historia. Cirqa, miembro de Relais & Châteaux, funciona en una antigua casona vinculada a un monasterio del siglo XVI y se ha transformado en un exclusivo hotel boutique de pocas habitaciones, donde los muros de sillar, los techos abovedados y una decoración sobria con textiles de alpaca crean una experiencia única. No es una opción económica, pero dormir allí significa habitar un pedazo vivo del pasado.
Usar Arequipa como punto de partida permite, en pocas horas de viaje, descubrir paisajes completamente distintos: salares a más de 4.000 metros de altura, profundos cañones y valles volcánicos reconocidos por la Unesco. El cañón del Colca sigue siendo la excursión más emblemática, con salidas de uno o dos días que incluyen miradores, termas y la observación de cóndores en la Cruz del Cóndor. Más cerca de la ciudad, la Reserva Nacional de Salinas y Aguada Blanca ofrece lagunas saladas, planicies pobladas por vicuñas y alpacas y un entorno natural poco transitado. A ello se suma la Ruta del Sillar, a solo 14 kilómetros del centro, que permite conocer las canteras de donde se extrae la piedra volcánica que dio identidad a la ciudad blanca.