Treinta años después de convertirse en el Primer Pueblo Peatonal de la Argentina, La Cumbrecita vuelve a mirar su historia. Y lo hace de la mano de quien ideó, impulsó y defendió el proyecto que transformó para siempre la vida de la comunidad: el licenciado Pablo Sgubini, entonces recién recibido y hoy referente indiscutido del modelo de gestión turística sustentable que convirtió a este rincón del Valle de Calamuchita en un caso único en el país.

Su relato reconstruye un proceso que nació de una necesidad urgente, se sostuvo en la participación vecinal y terminó convirtiéndose en una decisión histórica que ordenó el crecimiento del pueblo, protegió su ambiente y marcó un antes y un después en la identidad local.
El origen: un mochilero, un pueblo en crisis y una idea que parecía imposible
Sgubini llegó a La Cumbrecita en 1996, como mochilero, sin imaginar que ese viaje cambiaría su vida y la del pueblo. “Armé mi carpita acá, conocí a Archie, el dueño del lugar, y empezó toda una fantasía de contarme los momentos que estaba pasando el pueblo y las posibles soluciones”, recuerda.

La comunidad atravesaba un conflicto profundo: el turismo crecía, pero también los problemas ambientales y sociales. “Había embotellamientos, residuos en los senderos, se robaban helechos y pinos”, relata. El pueblo estaba desordenado, saturado de autos y con una convivencia cada vez más difícil entre visitantes y vecinos.
Fue entonces cuando Sgubini lanzó una idea que parecía descabellada: cerrar el pueblo al tránsito vehicular y convertirlo en un espacio exclusivamente peatonal. “Yo haría un pueblo peatonal”, les dijo. La propuesta, que en un principio sonó utópica, comenzó a tomar forma.
El joven licenciado decidió quedarse en La Cumbrecita para trabajar en la propuesta. “Tomé la decisión de no volverme… sentí un vacío porque había quedado solo en un lugar que no conocía”, recuerda. Pero esa decisión fue el punto de partida.

Presentó el proyecto en la comuna, donde encontró apoyo inmediato. “Werner pega un puño contra la mesa y me dice: ‘basta, esto hay que hacerlo ya’”, relata Sgubini sobre el tesorero Werner Weidig, quien impulsó la aprobación.
El proceso incluyó siete u ocho reuniones tensas, debates comunitarios y una participación vecinal inédita. Finalmente, se realizó una votación histórica: 70 familias a favor y solo 3 en contra. “Fue como un plebiscito social de palabra, más importante que la ley”, recuerda.
El proyecto se financió de manera autosustentable desde el inicio. Empresas como Quilmes, Tembleque y otras marcas regionales aportaron uniformes, folletería, parasoles y materiales. “Nos pusieron los uniformes, la folletería… una folletería de lujo para esa época”, cuenta Sgubini.

La comunidad se involucró completamente:
Se creó un sistema de informantes turísticos en la entrada del pueblo. Se diseñó un speech de bienvenida para explicar la propuesta y entregar bolsas de residuos. Se organizó un servicio gratuito para trasladar a personas con discapacidad y mujeres embarazadas.
Los vecinos colaboraban avisando cuando alguien dañaba el ambiente: “Los vecinos nos avisaban cuando alguien se había robado una planta”. La peatonalización ordenó el pueblo, redujo riesgos, mejoró la convivencia y permitió que el turismo creciera sin destruir el entorno natural.
La Cumbrecita se convirtió en el primer y único pueblo peatonal del país, y aún hoy es un caso de estudio en turismo sustentable. “Cambió la vida para todos”, afirma Sgubini. La decisión permitió proteger el ecosistema, ordenar el crecimiento y generar trabajo: desde informantes turísticos hasta emprendimientos que nacieron al calor del nuevo modelo.
El impacto fue inmediato: el pueblo comenzó a aparecer en medios nacionales, suplementos turísticos y diarios de todo el país. “Inunda los medios… el primer pueblo peatonal de la República Argentina”, recuerda.

Treinta años después: logros, desafíos y una nueva etapa por construir
A tres décadas de aquella decisión histórica, Sgubini reconoce que el modelo necesita una actualización: “Capaz que es momento de volvernos a organizar y potenciar un poco lo que es el pueblo peatonal”. La esencia sigue viva, pero el crecimiento turístico exige nuevos debates y una reinversión que permita completar el proyecto original.

Sin embargo, el legado es indiscutible: La Cumbrecita es hoy un destino reconocido, protegido y valorado, que creció respetando su entorno y construyendo una identidad única en Argentina.
La historia del Primer Pueblo Peatonal de Argentina no nació en una oficina ni en un plan técnico. Nació en una carpa, en una charla, en una preocupación compartida y en la decisión de un joven que eligió quedarse para transformar un lugar que no conocía.